12 enero 2006

Match Point

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Director: Woody Allen
Género: Drama

“Match Point” empieza con una historia clásica de triangulación. Un joven y prometedor jugador de tenis de origen humilde (Jonathan Rhys Meyers) traba amistad con un chico multimillonario, se enamora de su hermana y auspiciado por la familia de ellos empieza una meteórica carrera en las finanzas. Paralelamente, conoce en una fiesta a Nola, la compañera de su amigo y cuñado, una femme fatale extraordinariamente sensual y seductora (Scarlett Johansson), por la que sentirá un súbito e irrefrenable deseo. La distancia irreconciliable entre el amor y el deseo repartido entre dos mujeres y la imposibilidad de mantener la mentira, la culpa y el engaño desencadena un trepidante y trágico final no exento de sorpresas y resonancias filosóficas.

Valoración:

1 comentario:

Raymon OtraVidaesPosible dijo...

La vimos un miércoles noche. Cuando salimos, camino a casa, tuvimos un debate distendido sobre los mensajes que Allen había proyectado. Pocos directores transmiten sus reflexiones generando un sin fin de interpretaciones. Es precisamente esta ambigüedad la que consiguió conquistarnos.

Es una película imprescindible sin lugar a dudas. La escena de la pelota de tenis puede resumir el transcurso de una vida entera. Si tienes suerte, la pelota pasa al otro lado y ganas el partido, en caso contrario irremisiblemente pierdes. Así es la vida, aunque nos devanemos en infructuosos esfuerzos por transfigurar nuestro destino. Parece increíble, sin embargo, por mucho empeño que pongamos en el sacrificio diario frente al trabajo, la felicidad, etc., existen cuestiones que escapan a la voluntad, cuestiones inescrutables que no podemos controlar. Esa es la razón por la que conocemos personas que pese a todo lo que hayan hecho, parecen siempre beneficiadas por la suerte. Incluso las personas que a priori no son merecedoras de ella; puede ser la clase más beneficiada por el sistema, una clase noble que oprime al débil con métodos expeditivos e inmorales.

El factor suerte se cuestiona en toda la película. El perfil de la casualidad marca el desarrollo entre el éxito y el fracaso en la vida, ya que hay intersecciones en que los caminos pudieran haber sido otros. Simplemente somos voluntad del destino.

Lo que nos atrapó de la película es la manera que tiene de llegar al espectador. Se consigue la empatía con los personajes del film, ya que podríamos ser cualquiera de nosotros. Las escenas, muy bien tratadas, invitan a ocupar las circunstancias que enredan a cada uno de los tres protagonistas principales. Propician las preguntas furtivas que todos escondemos en nuestro yo oculto. Asimismo, el director no deja de lado las manidas reflexiones sobre la pareja, la infidelidad, la muerte o el sentimiento de culpa.

Ya estamos acostumbrados a que Allen introduzca rasgos personales sobre la estima que confiere a la cultura y el arte. Aunque inusuales en sus anteriores películas, los fragmentos de óperas de Verdi, Rossini o Bizet juegan un papel fundamental a la hora de representar la pasión y el misterio de la trama. Incluso muestra - en el primer tercio de la película - las lecturas del protagonista que acostado, revisa la similitud que Dostoievski refleja en “Crimen y Castigo” (Raskolnikov, un estudiante pobre, asesina y roba a una vieja avara a la que considera un parásito, con el fin de destruir esa vida que le parece miserable y salvar la de sus familiares, sumidos en la indigencia. En un principio consigue escapar de las sospechas de la policía, pero no del tormento por su culpa y aislamiento...)

El protagonista es perfecto para el papel. Encarna a una persona amable y débil al mismo tiempo; su mirada es enigmática a la vez que calculadora. Mantiene esos gestos atormentados que conjuga con un especial encanto, dificultando el descifrado de sus intenciones, que puede propiciar una ciega confianza, y que en realidad, esconde una mente embustera.

La mujer fatal, protagonizada por Scarlett Johansson, personifica a una mujer deslumbrante, misteriosa, sensual, capaz de volver loco a cualquier hombre. Sus salidas a escena ralentizan el pulso además de cortar la respiración. Es de esas artistas que se comen la cámara cada vez que aparecen en pantalla.

Jonathan Rhys-Meyers proviene de una clase humilde que consigue infiltrarse rápidamente en la alta y opulenta sociedad londinense: coches de lujo, ropa cara y casas de ensueño. Se aprovecha de los favores que una rica enamorada le dispensa. La familia rica le concede un buen trabajo, todo tipo de atenciones para alcanzar la deseada vida donde se vislumbra esa monotonía que va de la mano de la voluptuosidad de la clase distinguida. No obstante, parece que JRM está hecho de otra pasta, su temperamento está forjado en sus primeros años de modesta juventud.


Temas tratados excepcionalmente, porque la realidad reflejada puede ser vivida por cualquiera de los espectadores:

• JRM no consigue frenar su incontrolado deseo sexual, viéndose abocado a cortejar a Scarlett Johansson, novia del hermano de su pareja. La ambición y su incontrolada pasión le obligan a traicionar a su futura mujer, propiciando una doble vida que impone un juego tremendamente arriesgado. ¿Puede el instinto humano jugar a su antojo con el raciocinio provocando el desastre de una situación que ha costado una vida alcanzar? ¿Conocemos realmente el significado del deseo? ¿Y de la pasión?

• Raudo y sin complejos JRM es arrastrado por una vida fácil sin complicaciones: la seguridad que proporciona el dinero es un factor a valorar. Se aprecia el sufrimiento que sobrelleva JRM al verse obligado a pagar un precio por el soborno conferido. Inseguro, controla las presiones de su mujer, que pretende obsesivamente comenzar su particular proyecto: concebir una criatura, objetivo a conquistar a cualquier precio. Ella, engañada por JRM que evita que sufra innecesariamente, piensa que él coincide en sus planes de futuro. ¿Cuántos hombres y mujeres sostienen hoy en día esta misma situación? ¿Existe el “doble yo” egoísta en cada uno de nosotros?

• La paralela relación transcurre con un riesgo incluso ambivalente. Sin embargo, no cuenta con el factor sorpresa de la providencia: el embarazo imprevisible de Scarlett Johansson, situándole en un brete insostenible que trastorna tanto su carácter como su razón. El ultimátum que impone Scarlett le emplaza a la peor de las decisiones que debe tomar un individuo corrupto e irresponsable como la que el protagonista es consciente.

Las conversaciones del protagonista con un antiguo amigo, al que expone sus dudas y temores, son en realidad un desdoblamiento, un diálogo con su propia conciencia, que le hace preguntarse si sería capaz de dejarlo todo por amor. Al final el desenlace es funesto, abocado con sufrimiento a cometer lo imprevisible para conservar el status conseguido pese a sus remordimientos. ¿Status o amor? ¿Arriesgaríamos todo por la efímera pasión? ¿Se puede tipificar la pareja como hace Rhys-Meyers en el banco del parque?

• Parece mentira que Jonathan Rhys-Meyers pese a su abyecto comportamiento propicie un sentimiento de amargura en la escena en que el anillo no traspasa la barandilla del Támesis. Su personaje genera en el espectador un sentimiento de amor – odio difícil de conseguir. Un diez por la expresividad que manifiesta Rhys-Meyers

• El final castiga con la inesperada buena suerte a un protagonista que parece no poder escapar a un destino fatídico. Se barrunta que las personas cargan con sus conciencias, y, con el inexorable paso del tiempo, las van asumiendo e incluso olvidando.

Así es la vida.